
Por Fernando Acedo-Rico Henning
En la arquitectura invisible del comercio global, hay puntos donde el mundo se estrecha hasta adquirir una dimensión casi quirúrgica. Son los estrechos marítimos: corredores angostos por los que transita una proporción desmesurada del comercio internacional, especialmente de energía. En ellos, la geografía deja de ser paisaje para convertirse en poder. Controlar, influir o simplemente amenazar un estrecho equivale hoy a condicionar el sistema económico mundial.
A diferencia de las grandes rutas oceánicas, abiertas y difusas, los estrechos son cuellos de botella. Su relevancia no es solo cuantitativa —por el volumen de mercancías que los atraviesa— sino cualitativa: concentran flujos críticos que no admiten sustitución inmediata. En este sentido, el estrecho de Malaca, Bab el-Mandeb, Suez, Ormuz o Gibraltar no son meros accidentes geográficos, sino infraestructuras estratégicas sin alternativa real a corto plazo.
Entre todos ellos, el estrecho de Ormuz ocupa un lugar central en la geopolítica energética. Por sus aguas circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Se trata de un espacio mínimo, apenas unas decenas de kilómetros en su punto más estrecho, pero con una densidad geoeconómica extraordinaria. La proximidad de Irán y los Estados del Golfo convierte a Ormuz en un escenario de tensión estructural: cualquier alteración —real o potencial— tiene un impacto inmediato en los mercados energéticos y en la percepción de riesgo global.
Ormuz es, en esencia, un termómetro geopolítico. No es necesario que se cierre para que el sistema se resienta; basta con que su seguridad sea cuestionada. El mero anuncio de incidentes, maniobras militares o amenazas de bloqueo se traduce en volatilidad de precios, incremento de primas de riesgo y reconfiguración de rutas logísticas. En ese sentido, su importancia excede lo físico: es un espacio psicológico donde se negocia, en tiempo real, la estabilidad del orden internacional.
Si Ormuz representa la energía, el estrecho de Gibraltar simboliza la conectividad. Es la puerta entre el Atlántico y el Mediterráneo, el punto donde Europa, África y las rutas transcontinentales convergen. Por Gibraltar no solo circulan mercancías; también fluyen dinámicas migratorias, intereses militares y equilibrios diplomáticos de larga duración. Su singularidad radica en que, además de su relevancia económica, incorpora una dimensión jurídica y política especialmente compleja.
Gibraltar es un espacio donde el derecho internacional, la historia y la soberanía se entrecruzan. La presencia británica, la proximidad española y la importancia estratégica del paso convierten el estrecho en un enclave de negociación permanente. A diferencia de Ormuz, donde el riesgo es la interrupción, en Gibraltar el desafío es la gestión: garantizar la fluidez del tránsito sin erosionar los equilibrios políticos que lo sostienen.
La comparación entre ambos estrechos revela una constante: el poder contemporáneo no se ejerce únicamente sobre territorios extensos, sino sobre puntos críticos. En un mundo interdependiente, la capacidad de influir en nodos estratégicos resulta más determinante que la posesión de grandes superficies.
Los estrechos son, en este sentido, palancas de poder asimétrico: espacios pequeños con consecuencias globales.
La evolución tecnológica —desde la digitalización logística hasta la transición energética— no ha reducido su importancia, sino que la ha intensificado. A medida que las cadenas de suministro se vuelven más complejas y sensibles, la vulnerabilidad de estos pasos se convierte en un factor estructural. El desvío de rutas, la militarización o incluso la congestión accidental pueden generar efectos en cascada a escala planetaria.
Europa, y particularmente España, ocupa en este escenario una posición singular. El control efectivo del entorno del estrecho de Gibraltar otorga una ventaja estratégica que va más allá del tráfico marítimo: implica capacidad de influencia en seguridad, comercio y política migratoria. Sin embargo, esta ventaja exige una gestión sofisticada, basada en cooperación internacional, estabilidad jurídica y visión de largo plazo.
En definitiva, los estrechos son el lugar donde la geografía se convierte en destino. En ellos se condensan las tensiones, dependencias y oportunidades del mundo contemporáneo. Ormuz y Gibraltar, cada uno a su manera, ilustran que el poder ya no reside únicamente en la extensión de los territorios, sino ennla capacidad de custodiar —o perturbar— los puntos donde el mundo, literalmente, se estrecha.
Fernando Acedo-Rico Henning
Registrador de la Propiedad
Doctor en Derecho