La vivienda se ha convertido en el gran cuello de botella económico y social de España. Ya no es solo un problema de jóvenes que no pueden emanciparse o de familias expulsadas del centro de las ciudades. Es también un problema de competitividad, movilidad laboral, cohesión territorial y confianza institucional. Cuando vivir cerca del trabajo se vuelve imposible, la economía pierde eficiencia. Cuando el alquiler absorbe una parte creciente de la renta, cae el ahorro y se estrecha la clase media.

España ha reaccionado demasiadas veces como si el problema pudiera resolverse con una ley nacional más, un límite de precios más o una nueva declaración política. Pero la vivienda ya no cabe en el perímetro clásico del Estado. Sus causas son locales, autonómicas, nacionales y europeas.

En el mismo barrio confluyen urbanismo municipal, vivienda y turismo autonómicos, fiscalidad estatal, financiación bancaria, ayudas públicas europeas, eficiencia energética, plataformas digitales e inversión transfronteriza. Fingir que todo se arregla desde un único boletín oficial es parte del error.

España necesita que Europa ayude, pero no porque Bruselas deba sustituir a ayuntamientos, comunidades autónomas o Estado. Europa debe entrar para ordenar lo que ya es europeo.

No necesitamos un código europeo del alquiler que imponga la misma solución a Madrid, Lisboa, Viena o Ámsterdam. Necesitamos una arquitectura común de financiación, datos, transparencia, seguridad jurídica y reglas proporcionadas para que cada territorio pueda actuar sin pelearse con el mercado interior ni con sus propios límites competenciales.

El alquiler de corta duración es el mejor ejemplo. La expansión de las plataformas ha aportado renta a propietarios y flexibilidad al turismo, pero también ha reducido oferta residencial en zonas tensionadas y ha alterado barrios enteros.

La controversia sobre el Registro Único de Arrendamientos muestra el dilema: hace falta información homogénea y transmisión de datos, pero no se puede construir una solución ignorando el reparto interno de competencias. La lección es clara: interoperabilidad, sí; centralización innecesaria, no. Europa puede exigir datos comparables y cooperación digital; España debe decidir cómo encajarlos.

La Unión Europea ha empezado a entenderlo. Su plan de vivienda asequible, la plataforma paneuropea de inversión, la revisión de las ayudas de Estado, la estrategia de construcción industrializada y la regulación de los alquileres de corta duración apuntan en la buena dirección.

La vivienda no figura como una competencia europea plena, pero atraviesa el mercado interior, la energía, la cohesión, la protección de consumidores, la digitalización y la competencia. Por eso Europa puede hacer más de lo que durante años se dijo que podía hacer.

La ayuda europea debe concentrarse en cinco frentes. Primero, financiación estable para vivienda social y asequible. España tiene un parque público insuficiente y no lo corregirá solo con presupuestos anuales. Hacen falta capital paciente, garantías, colaboración con el Banco Europeo de Inversiones y reglas de ayudas públicas más simples.

Segundo, industrialización. El déficit de vivienda no se corrige con declaraciones: se corrige construyendo más, más rápido y mejor. La construcción modular, la digitalización de licencias, los estándares europeos de producto y la reducción de plazos pueden aumentar oferta sin renunciar a calidad ni sostenibilidad.

Tercero, datos. Sin información fiable sobre alquileres, viviendas vacías, licencias turísticas, precios reales, titularidad y duración de contratos, las políticas públicas se diseñan a ciegas. Europa puede imponer un lenguaje común y plataformas interoperables. España debe alimentarlas con datos verificables.

Cuarto, rehabilitación. Una parte del problema no está solo en construir vivienda nueva, sino en recuperar parque existente, hacerlo eficiente energéticamente y ponerlo en uso. La transición verde no debe encarecer aún más la vivienda: debe reducir facturas, mejorar barrios y movilizar inversión.

Quinto, seguridad jurídica. El capital privado no entrará masivamente en vivienda asequible si cada legislatura cambia las reglas del juego. Y el ciudadano tampoco confiará si las normas se anuncian más rápido de lo que se aplican. Europa puede aportar disciplina y estabilidad.

La vivienda española no necesita menos Estado ni más Estado sin más. Necesita mejor Estado, mejor mercado y mejor Europa.

Necesita suelo disponible, licencias ágiles, vivienda pública permanente, alquiler profesional, protección de vulnerables, control del fraude y una política turística compatible con la residencia. Todo eso exige coordinación, no gestos.

La pregunta ya no es si Europa debe hacer la política de vivienda por España. La pregunta es si España puede arreglar su crisis de vivienda sin Europa.

La respuesta es no. Europa no debe venir a uniformar nuestros barrios, sino a ayudarnos a hacerlos habitables. La vivienda se vive en la calle, pero se decide también en Bruselas.

Artículo publicado en la revista de «Buen Gobierno | Iuris&lex y RSC» de El Economista:
Ver esta publicación en la revista de El Economista
Acceder al número dejunio de Buen Gobierno | Iuris&lex y RSC