A su fuerza institucional, el presidente del Real Madrid suma la autoridad personal del que transforma proyectos complejos en realidades tangibles.

Conocí a Florentino Pérez en 1997. Han pasado casi treinta años desde aquel primer encuentro y hemos mantenido una excelente relación de respeto, confianza y colaboración. No escribo desde la distancia de quien observa una figura pública, sino desde la cercanía de quien ha visto de primera mano una manera de trabajar, de escuchar y de decidir.

Quiero circunscribir estas líneas a un ámbito muy concreto: la Fundación Real Madrid, de cuyo Patronato formo parte. En una institución como el Real Madrid, donde la atención pública se dirige casi siempre al resultado deportivo, la Fundación representa algo más silencioso y esencial: la voluntad de poner una marca universal al servicio de quienes más necesitan oportunidades.

Recuerdo la Fundación tal como me la encontré: una entidad con enorme potencialidad, pero todavía con mucho camino por recorrer para convertir esa fuerza simbólica en una red estable de acción social. Había ilusión, compromiso y una intuición clara: el deporte podía ser una herramienta educativa, integradora y transformadora. Pero convertir una intuición en una realidad sostenida exige visión, recursos, método, alianzas y liderazgo.

Hoy la Fundación Real Madrid es una organización reconocida en todo el mundo. Sus escuelas y proyectos sociodeportivos llegan a niños y jóvenes en situación de vulnerabilidad, a familias con menos recursos y a colectivos desfavorecidos. Lo hacen a través de una idea sencilla y poderosa: utilizar el fútbol y el baloncesto no como un fin en sí mismos, sino como un medio para educar en valores, promover la convivencia, fomentar la igualdad, abrir horizontes y acompañar procesos de inclusión. Detrás de cada escuela hay mucho más que entrenamientos: disciplina, autoestima, trabajo en equipo, respeto, hábitos saludables y futuro.

Esa evolución no se explica por inercia. Las instituciones no crecen solas. Tampoco se internacionalizan ni adquieren densidad social porque lleven un nombre prestigioso. En la Fundación, ha sido decisiva la capacidad de ordenar la ambición, rodearse de personas competentes, establecer alianzas solventes y mantener un rumbo durante años. En todo ello, la presencia de Florentino Pérez ha sido determinante.

Hay personas que ejercen la responsabilidad desde el cargo y hay otras que, además, la ejercen desde la autoridad. Florentino pertenece a esta segunda categoría. Los clásicos distinguían entre «auctoritas» y «potestas». La «potestas» es la facultad formal de decidir; la «auctoritas» es algo más difícil de obtener, porque no se concede en un nombramiento ni se impone por decreto. Nace de la trayectoria, de la solvencia, de la credibilidad y de la capacidad de suscitar adhesiones.

Sólo quienes poseen verdadera «auctoritas» pueden ejercer la «potestas» de forma fecunda. En Florentino Pérez esa combinación resulta especialmente visible. Tiene la fuerza institucional del presidente, pero también la autoridad personal de quien ha demostrado durante décadas que sabe transformar proyectos complejos en realidades tangibles. Cuando impulsa una iniciativa, fija una prioridad o convoca voluntades, no actúa sólo desde el poder de su cargo; actúa desde el prestigio acumulado de una vida de gestión.

En la Fundación, esa autoridad se ha traducido en una orientación clara: hacer que el Real Madrid sea no sólo un club admirado por sus éxitos, sino también una institución capaz de devolver a la sociedad una parte de lo que la sociedad le entrega. Ha entendido que la grandeza no se mide únicamente por la dimensión económica, por las infraestructuras o por los trofeos conquistados, sino también por la capacidad de una institución para ser útil más allá de sí misma.

No he tenido ninguna intervención en cuestiones deportivas. Pero es imposible ignorar que durante sus años de presidencia el Madrid ha alcanzado 66 títulos entre fútbol y baloncesto. Esa cifra revela éxito competitivo. Sin embargo, desde mi perspectiva de patrono de la Fundación, me interesa subrayar otro logro menos visible y quizá más profundo: haber contribuido a que el club proyecte una excelencia asociada a la solidaridad, la educación y la inclusión.

Nada de esto habría sido posible sin equipos profesionales, sin patronos comprometidos, sin colaboradores y sin tantas personas anónimas que trabajan cada día en los proyectos de la Fundación. Pero tampoco se habría podido hacer sin la presencia de una persona como Florentino Pérez. Su liderazgo ha dado continuidad, ambición y confianza a una obra social que hoy forma parte inseparable de la identidad del Real Madrid.

Por eso, esta semblanza no pretende ser un elogio convencional. Es el testimonio de alguien que le conoce desde hace casi treinta años y que ha podido comprobar cómo una determinada concepción del liderazgo puede transformar una institución. Florentino Pérez ha ejercido la presidencia con «potestas»; pero, sobre todo, la ha sostenido con «auctoritas». Esa es la razón por la que su huella en el Real Madrid permanecerá para siempre.

Artículo publicado en La Razón
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